Una mañana del mes de mayo llegué a la escuela donde trabajaba (José
Tey, en Banes) y en la que también estudiaban mis dos hijas. Cual no sería mi
sorpresa cuando llegué a la dirección de la escuela como de costumbre y me
llama la directora (que era muy amiga mía) y me dice: “Espérate que tengo que hablar contigo. No vayas para tu aula. Vino
Seguridad del Estado para avisarme que tu hermano está en el Mariel porque vino
a buscarte. Viene un grupo para acá para hacerte un “acto de repudio” aquí en
la escuela y no quiero que pases por esa humillación. Voy a buscar a las niñas
para que te vayas antes de que llegue el grupo”. Enseguida llegó con mis
dos hijas y bajé las escalinatas de la escuela los más rápido que pudimos.
Vivíamos en la Compañía y eso quedaba un poquito lejos de la escuela.
Por su parte, esa
misma mañana, el padre de mis hijas que era profesor en Héroes de Girón,
también en Banes, recibió la misma noticia que yo había recibido de parte de la
directora de la escuela que era muy amiga de nosotros. Al poco rato todos nos
encontramos en la casa, asombrados con lo que nos estaba sucediendo. Nos
habíamos salvado de los “actos de repudio” que se pusieron tan de moda en
aquellos días para los que abandonábamos el país.
A esa hora ya no
teníamos trabajo ninguno de los dos. Habíamos entrado en el grupo de la
“escoria”. Ese fue el sobrenombre que nos pusieron en la tierra que nos vio
nacer. Teníamos que quedarnos en la casa hasta que Seguridad del Estado nos
fuera a buscar. A las pocas horas llegó un agente de seguridad explicándonos
que mi hermano estaba en el Mariel y que venía a buscarnos pero que solo me
podía ir yo y una de mis hijas.
Cuando oí aquello
mi corazón me dio un vuelco en el pecho y con toda la firmeza que pude, le
dije: “Fíjese que no. En esta casa somos
6 personas y todos nos vamos juntos. Por nada del mundo dejo a una de mis hijas
atrás”. Para esa hora ya mis padres se habían comunicado conmigo y me
habían dicho que en la lista de David, estábamos los 6: Mis dos hijas, mis
suegros, el padre de mis hijas y yo.
Creo que aquel hombre
vio tanta furia en mis ojos que no volvió a mencionar que yo tenía que irme
solo con una hija. Pero en ese mismo momento comenzó lo que fue toda una tortura.
El agente nos dijo que habíamos vendido una moto hacía unos meses y que la
única manera de irnos todos era que les entregáramos la moto. Imagínense
ustedes: “La moto la habíamos vendido hacía como seis meses y aquella era la
condición que nos ponían para salir del país”. Así fue como nos fuimos hasta
Boca de Samá a buscar al hombre al que le habíamos vendido la moto para rogarle
que nos la vendiera. Aquel hombre accedió y fuimos directamente al Departamento
de Policía de Banes a entregarla. Cuando lo hicimos nos dijeron que
regresáramos para la casa que los agentes regresarían de nueva cuenta.
Pasó toda una
noche. Teníamos los nervios de punta. En otras partes del barrio había otras
personas “escorias” igual que nosotros y les estaban haciendo “actos de
repudio”. Los actos de repudio consistían en ir a las casas o a los centros de
trabajo para insultar a los que habían decidido dejar el país. A muchos los
golpearon, les tiraron huevos, piedras y le echaron los perros. Esa noche
vinieron personas de otros barrios para hacernos el acto de repudio. Solo nos
tiraron algunos huevos y ni nuestro perro les hizo caso. En ese grupo no había
ninguno de nuestros vecinos cercanos. Nos queríamos demasiado y de ellos solo
recibimos palabras de aliento y respeto.
Al otro día
temprano llegaron los agentes para acabar de chequear todo y ponerle el sello a
la puerta como muestra de que ya no podíamos volver a entrar a la casa.
Ya teníamos rentado
un carro para salir desde Banes hasta La Habana. Nos despedimos de nuestros
vecinos entre abrazos y llantos. Allí hubo solamente muestras de amor. Nadie de
otros barrios se atrevió a hacernos ninguna maldad. Tengo guardado ese recuerdo
en mi memoria como si lo estuviera viviendo en estos mismos momentos. ¡Tantas
personas queridas quedaban atrás, tantos recuerdos vividos! También nos dolía
en el alma tener que dejar a nuestro perro “Doggie”, un pastor alemán legítimo,
inteligente como una persona…
Una cosa también
quedó grabada en mi memoria para siempre. Recuerdo que cuando íbamos en el
carro pasando sobre el puente que divide al pueblo de Banes de la Compañía,
unos hombres que estaban allí nos gritaron: ¡Qué se vaya la escoria! ¡Fuera la
escoria!
En el carro íbamos nosotros 6, el chófer y mi primo Wandy con solo 15
años. A quien llevé en mis piernas todo el viaje, con el único deseo de que lo
dejaran salir del país, pues él estaba en la lista de uno de mis primos que nos
estaban esperando en el Puerto del Mariel...

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