Al llegar a aquel lugar: “La visión era dantesca”. ¡Causaba espanto!
Miles de compatriotas sentados en la hierva a la intemperie. Al entrar en las
oficinas del lugar fue cuando nos ocurrió un hecho doloroso: “A mi primo Wandy,
al que yo había llevado en mis piernas desde Banes hasta La Habana, no lo
dejaron salir del país y tenía que regresar solo para Oriente”. ¡Cuánto dolor
al tenerme que despedir de él y no tener ni idea de lo que le tocaría pasar en
su regreso!
Al despedirnos de
Wandy… comenzó lo que sería la vida en un “campo de concentración cubano”. En
aquel lugar “hermoso por naturaleza” se estaban cometiendo los atropellos y las
torturas mentales más grandes que un ser humano pueda imaginarse. No había agua
para tomar y mucho menos para darse un baño. Solo vendían malta y emparedados
de jamón y queso en algunas ocasiones durante el día. Pero nos decían que
teníamos que guardar el dinero para “pagar por los papeles” que nos entregarían
a nuestra salida. Por esta razón si lográbamos comprar un par de emparedados,
los dividíamos en 6 partes iguales para así poder comer un pedacito cada uno de
nosotros.
"Ya no había “punto de retorno”. Si regresábamos a Banes,
ya no teníamos casa, ni trabajo, ni manera alguna de
podernos mantener en nuestra tierra".
Ya no había “punto
de retorno”. Si regresábamos a Banes, ya no teníamos casa, ni trabajo, ni
manera alguna de podernos mantener en nuestra tierra. Teníamos que seguir
adelante. Entre aquel tumulto de personas buscamos un lugar donde sentarnos
para esperar el día en que nos llamaran por “grupos” y por “números”. Bajo la
amenaza de que si no escuchábamos cuando nos llamaran “perdíamos la oportunidad
de salir del país” y teníamos que regresar al lugar de donde habíamos venido.
Se podrán imaginar
aquel cuadro: “Mis hijas, una de 11 y otra de 10 años acostumbradas a la
comodidad de su casa, ahora tendrían que dormir a la “luz de la luna”, sin nada
que las protegiera. Ya que al salir de casa, solo pudimos llevarnos la ropa que
traíamos puesta. Llegó la primera noche… por estar a la orilla del mar había
todo tipo de insectos. Recuerdo que yo no dormía para estarle quitando los
insectos de encima a mis hijas para que no me las picaran. Al llegar la mañana
había la necesidad de ir al baño. Pero allí no había baños decentes que la
“escoria” pudiera usar. Habían improvisado unos baños con cajones de madera y
era tanta la suciedad que había en aquel lugar que daba asco, el orine y el
excremento campeaban por su respeto. Entonces teníamos que ir a los arrecifes a
la orilla del mar para hacer nuestras necesidades.
En aquel lugar nos
encontrábamos a muchas personas conocidas de nuestro Banes, que también nos
contaban todo lo que habían pasado. Algunos habían sido golpeados, a otros les
habían echado los perros. Las historias eran “increíbles” pero “ciertas”. Allí
entre aquella multitud me tocó reconocer al hermano de un tío mío. Lo reconocí
por la foto que yo había visto de los quince años de mi tía, donde aparecían mi
tío y su hermano junto a ella. Enseguida fui a hablar con él y con su esposa y
le dije quien era yo. Asombrado de que lo hubiera reconocido solo por la foto, nos
saludamos y regresé al lugar que teníamos en la hierva.
En aquel campo de
concentración había personas que se enfermaron debido a las condiciones del
lugar. Niños con fiebre y llorando. Ancianos que casi no podían caminar.
Hombres sin camisa porque habían tenido que romperlas para que sus esposas o
madres, las usaran como íntimas.
En medio de todo aquel
horror pasaron cuatro días y cuatro noches. Para la segunda noche, mis primos Gogui
y Guillermo que también estaban esperando salir en el mismo barco que nos había
ido a buscar y que se metían hasta por el ojo de una aguja, nos consiguieron
unas cajas de cartón que se convirtieron en la cama de las niñas.










