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lunes, 15 de junio de 2015

¿Se quieren más los nietos que los hijos?


La respuesta es un rotundo “NO”. Se quieren de la misma manera. Lo que sucede es que cuando nuestros hijos son pequeños, estamos enfrentando todas las responsabilidades de la vida como padres al tener que trabajar porque somos proveedores, educadores, enfermeros, consejeros y todos los demás papeles que tenemos que desempeñar.
   Pero al llegar los nietos tenemos más tiempo y estamos más maduros para dedicarnos a estar con ellos. Ya no somos los proveedores. Por lo tanto, no tenemos que preocuparnos para que tengan todo lo que “necesitan” y “desean”. Seguimos siendo educadores y enfermeros, además de consejeros. Pero desempeñamos también un papel encantador que podríamos llamar: “El mundo mágico de los abuelos”.
   “El mundo mágico de los abuelos” consiste en enseñarles que amen a Dios. Que amen a sus padres. Que amen a su patria. En hacer una “gran fiesta” con una simple tacita de té o unas galletitas dulces. La salida a un parque común y corriente o hasta crear una “magia maravillosa” con un cuadro que tengamos en casa. El asunto es dedicarles “tiempo de calidad” hasta con lo más simple y demostrarles cuánto los amamos para que esos hermosos momentos y recuerdos los acompañen por siempre.

Mi cuadro favorito.
En mi casa tengo un cuadro (éste que les demuestro hoy) que cuando mis nietos eran chicos les encantaba mirarlo conmigo. Yo les decía “que al mirar el cuadro me acordaba de mi país de origen y que mentalmente caminaba todas las mañanas por el caminito hasta llegar a la orilla de la playa y que cuando regresaba a la casa cortaba las rosas color melocotón para ponerlas en el florero”. Aquellos momentos con mis nietos eran mágicos. Todos los días mentalmente caminábamos hasta la orilla de la playa, respirábamos a todo pulmón y cortábamos las rosas color melocotón. ¡Cuál no sería la sorpresa de mis nietos cuando les enseñé la foto que me había tomado cuando estaba “dentro del cuadro” cortando las rosas! Recuerdo sus caritas de asombro y luego la risa al descubrir mi travesura.

Mi foto "dentro del cuadro".

Pero los abuelos no solo tenemos la potestad de hacerles como mágica la vida a nuestros nietos. Hoy día tenemos una responsabilidad “extra” que desempeñar y no es nada más ni nada menos que la de ser guardianes. Sí, “guardianes” para estar al tanto de las cosas que suceden en estos días.
   Por ejemplo, los juegos de video que tanto gustan a los chicos algunos son aptos para jugarlos. Pero otros no son más que un entrenamiento a la violencia. (Usted me dará la razón si ha visto algunos de los juegos de video de los que hablo.) Y últimamente se ha hecho viral en las redes sociales un juego que recibe el nombre de “Charlie Charlie” que no es más que una versión de la antigua “Ouija”. Este juego consiste en invocar a los espíritus y de juego no tiene nada. “Charlie Charlie” parece algo tonto pues consiste en colocar dos lápices cruzados sobre una hoja de papel con dos respuestas escritas: “Sí” y “No”. El juego es parte de una campaña de publicidad de una película de terror.
   Abuelos, como “guardianes” de nuestros nietos tenemos la obligación de alertarlos de que no vayan a jugar ese “juego” que no es más que la comunicación con demonios. Este tipo de “juegos” no son tan inocentes como parecen, ya que los que lo juegan pueden verse afectados psicológicamente. Satanás y sus demonios existen igual que existe “Dios” y sus “ángeles”. Y es el mismo Dios el que nos exhorta “a que nos mantengamos lejos de todas las cosas que tengan que ver con Satanás y sus prácticas”. Al exhortar a nuestros nietos de los “juegos” peligrosos, los estamos protegiendo y cumpliendo nuestro papel de “guardianes”.



Este es
 el "juego"  
"Charlie Charlie" 
que últimamente se ha hecho 
viral en las redes sociales.


lunes, 8 de junio de 2015

¿Tienes un "blue jeans" que te gusta pero ya no usas?


Te aseguro que muchas veces te preguntaste: “¿Qué hago con esta cantidad de blue jeans que tengo guardados y me duele tirarlos porque me costaron demasiado?” Pues amiga, la respuesta es muy simple: “Pon tu curiosidad a trabajar y conviértelos en “bolsos de mezclilla” tan populares desde hace algún tiempo”.
   En muchas ocasiones, vemos a jóvenes y mujeres de todas las edades que son portadoras de unos “bolsos de mezclilla” preciosos e ideales para el uso diario y que llegan a convertirse en piezas únicas, puesto que no los han comprado en ninguna tienda por departamentos.
   Como me gustan las cosas “extravagantes” me llamó la atención un bolso de mezclilla que traía una señora y al preguntarle que dónde lo había comprado, me contestó muy orgullosa: “Me lo hice de un pantalón de mezclilla que ya no me servía pero que no lo quería tirar”.
   Llegué a mi casa, me dirigí al closet… y busqué un pantalón que hacía mucho estaba guardado. Puse manos a la obra y les presento el bolso de mezclilla que confeccioné con un pantalón que ya no usaba. 

Parte delantera del bolso de mezclilla.

   Busqué una bufanda que también andaba dando vueltas por mi closet y “listo”. Agregué un bolso a mi colección. ¡Lo bueno que tiene éste es que no me costó un dineral y sólo me demoré unas tres horas para confeccionarlo.
   Lo que sí les puedo asegurar es que cuando mi hermano y mis hijas me vean con el bolso, les va a dar un ataque, pues odian las extravagancias… pero a mí me fascinan…

Parte trasera del bolso.
Si se animan a confeccionar un bolso de mezclilla pueden visitar uno de los tantos videos que hay en youtube.com y escoger el que se les haga más fácil. Hay infinidad de videos que demuestran la manera más simple de confeccionarlos.
   ¡Manos a la obra… y a estrenar tu fabuloso y "nuevo" bolso!



El bolso también está forrado
y tiene bolsillos para guardar el teléfono celular 
u otra de las tantas cosas que 
portamos las mujeres 
en los bolsos. (El forro lo hice 
de una blusa que ya tampoco 
usaba desde hacía tiempo.)




lunes, 1 de junio de 2015

¡Kosetica en su primera clase de canto!


Esta semana quiero compartir con ustedes algo muy lindo que sé será del agrado de todos los que tengan perritos:
   En el primer video verán quién fue el profesor de canto de Kosetica. ¡Esa fue una de las primeras lecciones que ella tomó! Quién sabe quiénes serán los dueños del “famoso profesor”. ¡Lo que sí les puedo decir es que él la enseñó a cantar! Ya hoy ella es toda una cantante… sobre todo cuando yo llego a la casa.
   En el segundo video verán a dos de nuestras miniaturas en pleno juego. Cosita con una libra de peso y Kosetica cuando apenas pesaba dos libras. ¡Toda una pelea de campeonas!
   Y en el tercero verán un “mini video” de mi bello bisnieto rodeado de los perritos que fueron rescatados de las calles en Houston, Texas.




lunes, 25 de mayo de 2015

Brian “La Bala” Mendoza

Pelea celebrada el pasado 9 de mayo en el
Buffalo Thunder Casino, en el Pueblo de Pojoaque, NM.


Nace el 13 de febrero de 1994 en Albuquerque, Nuevo México. Hijo de padres cubanos: Lissett y Mariano Mendoza. Ella de Banes y él de Guantánamo. Los dos de la parte oriental de la isla de Cuba.
   A la edad de 16 años comenzó su trayectoria deportiva dentro del mundo del boxeo cuando empezó a entrenar con Adam Archuleta con quien estuvo entrenando aproximadamente por un año.
   Cuando comenzó a tomar el boxeo más en serio, su abuela le dijo que ella conocía a un entrenador cubano, que lo podía aconsejar en la carrera que apenas comenzaba. Es así como “La Bala” conoce a Jorge Casanova en una reunión en casa de su abuela. En esa reunión también estuvo Rafael, más conocido como “Chocolate”. Otro gran entrenador cubano quien se convirtió en su primer entrenador de boxeo.
   Entrenó con “Chocolate” por algún tiempo. Pero por cuestiones de salud de “Chocolate” tuvo que darse a la tarea de buscar un nuevo entrenador y es así como su amigo Joel, también un joven boxeador cubano, lo puso en contacto con el entrenador Fidel Maldonado. Desde esa fecha, “La Bala” Mendoza pertenece al Club de Boxeo de Atrisco con sede en la Ciudad de Albuquerque, donde Fidel Maldonado es el entrenador principal.
   En 2012 y 2013 “La Bala” ganó el Campeonato de Boxeo del Estado de Nuevo México, convirtiéndose así en “Campeón de Boxeo del Suroeste”, bajo la supervisión de Maldonado. Estuvo en el boxeo amateur por 4 años donde tuvo 27 peleas. De ellas, 20 ganadas (unas por Knockout y otras por decisión) y 7 perdidas.
   Entra al boxeo profesional el 10 de mayo de 2014 al firmar contrato con Cameron Dunkin, quien funge actualmente como manager general de su carrera, pero sigue entrenando con Fidel Maldonado en el Club de Boxeo de Atrisco.
   A sus 21 años ya ha tenido 5 peleas en el mundo del boxeo profesional y está invicto. De esas 5 peleas ha ganado 3 de ellas por Knockout. Recientemente firmó un nuevo contrato con la compañía publicitaria “Empire Productions” quienes se encargan de buscar las peleas para el joven pugilista.
   Brian “La Bala” Mendoza es un joven que lleva dos carreras a la vez con una disciplina inquebrantable. Estudia en la Universidad de Nuevo México para Nutricionista, obteniendo excelentes calificaciones y a la vez entrena, y está de lleno dentro del boxeo profesional. Este joven “Orgullo Nuestro” cuenta con el apoyo incondicional de su padre quien lo acompaña en todas las peleas. Aparte de contar con el apoyo de su entrenador Fidel Maldonado, de Fidel Maldonado Junior (quien también es campeón de boxeo), el resto del equipo del Club de Boxeo de Atrisco. Y por supuesto, cuenta con el apoyo de toda su familia.


Momentos culminantes de la pelea
Brian "La Bala" Mendoza vs Iván Lucero.



Al preguntarle acerca
 de los planes que tiene
 para el futuro, 
me ha comentado: 
“Quiero demostrar lo que 
puedo hacer 
sobre el cuadrilátero 
y llegar a ser 
campeón del mundo”. 



Brian "La Bala" Mendoza junto a Fidel Maldonado Jr.


El consejo de "La Bala" 
para otros jóvenes que desean convertirse en boxeadores es: “Lo más importante es concentrarse en lo que hacen. Trabajar duro y con disciplina. Esa
es la única manera 
de llegar adonde
quieran ir”. 

viernes, 15 de mayo de 2015

La salida del Puerto de Mariel (8)


El capitán del barco había calculado que llevaría de regreso a los Estados Unidos, unos 150 familiares más o menos. Lo triste del caso fue que no dejaron salir a todos los familiares que fueron a buscar. Con horror, el capitán y su tripulación vieron como le llenaron el barco con 350 personas. A pesar de sus negativas le habían sobrecargado la embarcación con 200 personas más de lo que habían calculado.
El capitán recibió la orden de salir por los altavoces del puerto y así sobrecargados con personas hasta en los almacenes donde se guardan los camarones, en el techo y en todas las partes, comenzaron a mover la embarcación. Pero resulta que estaba atascada en el muelle debido a la sobrecarga. Todos estábamos de pie. No había espacio para sentarnos. Pero al fin logramos zarpar rumbo a Cayo Hueso.
A unas pocas millas de la costa el capitán dijo por los altavoces del “Miss Sally”: “Miren hacia la costa y despídanse de su país”. Fue un momento difícil para todos ver como la costa se iba alejando lentamente. El barco iba muy despacio a muy pocos “nudos” (a una milla náutica por hora). El capitán estaba consciente de que el motor de su embarcación se podía fundir.
Así despacio, nos adentramos en el Estrecho de la Florida y de un momento al otro el mar se puso bravo. El capitán nos dio la orden de que todos teníamos que sentarnos, como fuera, porque él necesitaba bajar los estabilizadores de la embarcación para que soportara la tormenta. Nos sentamos como pudimos para que el capitán pudiera realizar la maniobra. Olas de 12 pies de altura comenzaron a embatir al Miss Sally. El barco subía las olas y descendía desde esa altura cayendo de plano al mar. Pensamos que íbamos a hundirnos. Daba horror ver las profundidades tan negras que estaban ante nuestros ojos. Aquel oleaje tan fuerte trajo como consecuencia que la mayoría de las personas se marearan y comenzaran a vomitar. Había vómitos de “bilis” por todas partes. Digo bilis porque nadie tenía nada en el estómago que pudiera vomitar. La peste se hizo insoportable. El piso muy resbaloso y las personas que se inclinaban en los costados del barco, corrían el riesgo de caerse al mar. Unas 8 o 10 personas fuimos las únicas que no nos mareamos y comenzamos a ayudar a los demás para evitar que se cayeran al agua. Entonces, nos parábamos en los postes que estaban en los costados del barco para apoyar la cabeza y poder agarrar por el cuello de las camisas e inclinar a las personas para que vomitaran y no cayeran al mar. Ahí en medio de aquel peligro todos estábamos unidos. Presos, enfermos mentales, los que se habían asilado en la Embajada del Perú, familiares. Todos estábamos enfrentando el mismo peligro y la unidad del cubano se hizo muy evidente. Recuerdo que le pedí a dos que se habían asilado en la embajada que me cuidaran a mis hijas para yo poder ayudar a los demás y lo hicieron con mucho gusto. El padre de mis hijas, el abuelo y la abuela también tenían mareos y vómitos. Esa odisea duró un buen rato. Había lamentos por todas partes y muchos estaban desfallecidos.
Al poco rato cuando habían pasado las fuertes olas. Un barco que venía detrás de nosotros estaba a punto de hundirse. De inmediato el capitán nos vuelve a hablar y nos explica que por “leyes del mar”, no se puede abandonar a un barco que esté a punto de zozobrar. Amarran a nuestro barco al otro con 250 personas abordo. Por esta razón el Miss Sally comienza a ir aún más despacio. Estaba sobrepasando totalmente su capacidad. Así seguimos un buen trecho, entre más despacio íbamos más tardaríamos en llegar a Cayo Hueso.
En medio de aquella otra odisea una lancha con 25 personas se estaba hundiendo. Escuchábamos voces pidiendo auxilio, en medio de la inmensidad del mar. A unos los veíamos a otros no. Otra vez el capitán habla y nos informa que tienen que salvar a las personas de la pequeña lancha. Por las mismas razones que nos había explicado anteriormente. Muchos cubanos perdieron la vida al cruzar el Estrecho de la Florida. ¡No sé cuántos! Pero estoy segura que en algún lugar tiene que haber algún récord de las vidas que se perdieron en el Éxodo del Mariel de 1980.

Nuestra travesía hacia Cayo Hueso duró 18 horas en total (9)

¡Al fin! ¡Llegamos a las costas de Cayo Hueso! ¡No dábamos crédito a lo que veían nuestros ojos! Cuando atracamos al muelle unos gritaban. Otros levantaban las manos. Todos dábamos gracias a Dios porque habíamos llegado a tierra de libertad y con vida, después de tantos horrores vividos.
En esos momentos no sé dónde estaban mis primos, mi hermano David y la mamá de mi tío. Los volvería a ver unos días después. Tony y Manolete habían cumplido con una misión muy hermosa como exiliados cubanos que vivían en Miami. Así como mi hermano que vivía en Albuquerque y la mamá de mi tío en California, que por amor fueron a buscar a sus seres queridos a la isla para traernos al país que nos daba la mejor de las bienvenidas.
Nos fueron bajando uno a uno del Miss Sally. La guardia norteamericana completamente uniformada nos daba la bienvenida y nos ayudaban a subir al muelle.
Era como ser el protagonista de una película. Estábamos como envueltos por una nebulosa. Estoy consciente de que Dios nos envuelve en ese tipo de nebulosa cuando las cosas son demasiado difíciles de asimilar. Todo pasaba tan rápido. Todo era tan lindo y sobre todo el trato. Ya habían ómnibus en el muelle de Cayo Hueso que nos estaban esperando para llevarnos a una base militar. Recuerdo la inmensidad de aquel lugar cuando llegamos. Lo primero que hicieron fue entregarnos unas bolsas de plástico con todo lo que necesitábamos para darnos una buen baño. Nos dieron ropa limpia. Una comida caliente y un catre verde olivo para que descansáramos. ¡Aquel catre nos supo a gloria! ¡Cuántos días sin poder cerrar los ojos tranquilamente en un lugar seguro! En esa base pasamos una noche. Al otro día salimos rumbo a Miami. Recuerdo claramente lo bello del paisaje entre Cayo Hueso y Miami y la alegría de todos los que íbamos en aquel ómnibus militar.

Rumbo al “Orange Bowl” lugar que habían convertido en un refugio (10)

¡Llegamos al inmenso estadio Orange Bowl! ¡Habíamos visto tantas cosas en los últimos días! Pero esta no era una visión dantesca. Era un refugio lleno de amor y buen trato. La comunidad cubana de Miami había donado ropa y zapatos. Y era tal la cantidad que había allí que no había que matarse para coger lo que uno necesitaba.
También había muchas carpas que daban sombra a los que habíamos llegado. En fin, había protección en contra de las inclemencias del tiempo… Había duchas, jabón, champú. Todo lo que necesitábamos para la higiene personal. Además comida caliente y catres donde dormir.
Estábamos rodeados por cercas de alambre. Pero no de “púas” ni había perros “que no ladraban”. Nos llamaban por los altavoces del estadio para que saliéramos al exterior para ver a través de la cerca a los familiares que nos iban a ver para darnos la bienvenida. Allí me tocó ver a muchos seres queridos que no veía desde pequeña. Recuerdo las sonrisas de todos ellos. Increíblemente muchos ya se nos adelantaron en el camino. Seres muy especiales que estuvieron en el seno de nuestra querida y gran familia.
En el Orange Bowl estuvimos unos dos días. Hasta que mi hermano David por medio de un abogado consiguió un salvoconducto para sacarnos de allí y llevarnos a casa de mis padrinos, quienes nos tendrían en su casa hasta que tuviéramos el vuelo para seguir nuestro viaje hasta Albuquerque, Nuevo México.

En casa de mis padrinos en Hialeah, Florida (11)

Recuerdo con claridad el momento que llegamos a casa de mis padrinos. La bondad de aquellas dos personas tan queridas y que hacía tantos años que no veía. No se cansaban de cubrirnos de atenciones, de regalos, de cariño, de cosas que no habíamos comido en años. ¡Jamás he olvidado tanta bondad!
También recuerdo que cuando salí al patio de la casa de mis padrinos estaba tan confundida que cuando los aviones pasaban por encima de la casa, yo no sabía si estaba en Cuba o en Miami. Era demasiado todo lo que habíamos pasado y mi mente se confundió por completo. Fue un momento difícil al pensar que quizás me estaba volviendo loca.
A casa de mis padrinos fueron muchas personas de la familia y amistades a visitarnos y a llevarnos algún regalito. Casi todos de dinero para ayudarnos a encaminarnos en nuestra nueva vida. A todos los recuerdo, los quiero y los querré siempre. En aquel amor familiar pasamos dos días antes de continuar nuestro viaje.

Llegó la hora de partir para nuestro destino final: “Albuquerque” (12)
Partimos de Miami rumbo a Albuquerque. Veníamos en el avión, mi hermano David, el padre de mis hijas, mis dos hijas y yo. Los abuelos se habían quedado por un tiempo en Miami a petición del hermano de mi suegra y de su cuñada.
En el Aeropuerto Internacional de Albuquerque nos estaban esperando mami, papi, mi hermano menor, un grupo inmenso de la comunidad cubana de Albuquerque y el periódico de la ciudad, el “Albuquerque Journal”. Éramos la primera familia que llegaba a la ciudad por medio del Puente Marítimo del Mariel.
Debido a la altura de Albuquerque, los nervios, las emociones y todo lo vivido también tuvo que ir al aeropuerto una ambulancia para darme oxígeno pues yo no podía respirar.
El encuentro con mis padres fue increíble. A mami la había visto el año anterior pues ella había ido de visita a Cuba por medio de las visitas de la “comunidad” pero a papi y a mi hermano no los veía desde hacía 12 años. Recuerdo que cuando ya pude respirar había un chico alto y delgado al lado mío que me miraba asombrado y le pregunté a mami: ¿Quién es él? Y ella me contestó: “Es tu hermano hija”. Había dejado de ver a mi hermano menor cuando tenía solo 5 años. Y ya en aquel tiempo tenía 17.

Rumbo a casa de mis padres ya en Albuquerque (13)

Después de la bienvenida en el aeropuerto habían organizado una comida en casa de mami y papi. Todos los cubanos amigos de mis padres que estaban en el aeropuerto también fueron para la casa junto a nosotros.
Recuerdo que nos fuimos para la casa en el carro de una amiga de la familia. Ella salió del aeropuerto y cogió la calle Gibson hasta San Mateo y de ahí todo San Mateo hacia el norte hasta llegar a la casa. ¡Recuerdo lo grande que veíamos esas dos calles! ¡Y lo lejos que se nos hizo el viaje! Pero no era tan lejos. Solo que apenas era la primera vez que pasábamos por esas calles.
Esa misma noche acabada de llegar a casa de mis padres, supe por primera vez que ya no nos llamaban “escoria”. Ahora nos llamaban “marielitos”.
Tuve una discusión esa misma noche con uno de los amigos de mi familia. Quien me dijo que “todos los que habíamos venido por el Mariel éramos unos sinvergüenzas”. Cuando escuché aquello se me subió la “bilirrubina” a lo que le contesté: “Usted está muy equivocado. No todos los que vinimos por el Mariel somos eso que usted dice. Se lo voy a demostrar con el tiempo”. Aquel hombre de sombrero, de cabello negro y fuerte como un roble, es un amigo entrañable al que le demostré con creces que yo no era como él me había dicho. Tanto él como toda su familia y demás cubanos, formamos hoy día una bella familia en “La Tierra del Encanto”.

El precio que tuvimos que pagar por ser los llamados “marielitos” (14)

Llegamos a Albuquerque el 25 de mayo de 1980 ignorando el precio que tendríamos que pagar por ser “marielitos”. En Cuba no nos querían porque éramos la “escoria” del país y al llegar a Estados Unidos nos habíamos convertido en “marielitos” y tampoco todos nos querían. Si terrible había sido ser una cosa, la otra era terrible también. Todos nos miraban con desconfianza. Por unas “malas cabezas”, estábamos pagando los que habíamos venido a trabajar y a forjarnos un mejor futuro en Estados Unidos. El padre de mis hijas encontró trabajo gracias a unos amigos cubanos que le dieron la oportunidad de trabajar. Quienes eran dueños de una cartonera en Albuquerque.
Yo por mi parte encontré trabajo en una fábrica de comidas mexicanas. Donde todos los alimentos que se procesaban eran a base de “chile”, algo que jamás había probado, y que me hacía llorar constantemente.
En aquella fábrica pasé todo tipo de humillaciones. Me ponían en la línea donde se procesaban las cajas con 12 burritos, 6 arriba, un plástico y 6 abajo. Pero había una mujer que no me quería y llamaba al supervisor y le decía: “Esa mujer cubana que usted tiene en la línea no sabe contar hasta el 12. Unas veces pone 11 burritos en la caja y otra veces 13. Pero nunca acierta a poner 12”. Resulta que la mujer le sacaba o le ponía burritos a las cajas que yo preparaba pues ella era la que tenía la tarea de sellar las cajas al final de la línea de producción. Solo lo hacía para buscarme problemas con el supervisor y de esa forma lograr que me votaran del trabajo.
Por cosas del destino y por aprovechar todas las oportunidades que se me presentaron en mi nueva ciudad y de las que les contaré más adelante en mi libro. Llegué a ser la editora general del Periódico Oficial en Español del Estado de Nuevo México.

Un viaje a Miami a una convención de periodismo (15)

Corría el año de 1989 y se celebraría en Miami una convención de periodismo con representantes de los diferentes estados y algunas partes del mundo. El Condado Dade de Miami envía una invitación al periódico y el dueño del mismo me selecciona para que yo fuera como representante del periódico a dicha convención.
La Ciudad de Miami había sido invadida por nosotros los famosos “marielitos” en 1980. Justo 9 años antes. Realmente había sido terrible la situación de la ciudad cuando casi el 50% de los que habíamos venido por el Mariel se habían quedado a vivir en Miami. Las cosas en contra de los “marielitos” estaban todavía a esa fecha en pleno furor. Muchos ciudadanos de Miami nos habían aceptado. Pero otros, cubanos igual que nosotros, con solo escuchar el nombre de “marielitos” se ponían furiosos.
Ese era el caso de las personas que nos servían de guía en los diferentes puntos de la ciudad de Miami que visitamos en aquella ocasión. Recuerdo que un día al estar paseando en un inmenso yate de lujo por la Bahía de Miami y siendo atendidos como reyes. Salió la conversación de los “marielitos”. Los guías nos explicaron a todos lo que había sucedido en Miami durante esos años y lo que todavía seguía sucediendo. Yo me quedé en silencio. Les aseguro que si llego a decirles que había venido por el Mariel, me hubieran tirado al fondo de la bahía con ancla y todo para que no pudiera salir otra vez a la superficie. Es más, aún en este año de 2015; 35 años después del Éxodo del Mariel, hay quienes se ponen “alerta” cuando escuchan la palabra “marielitos”.
Al mirar hacia atrás y ver lo que ocurrió en la Ciudad de Miami, puedo afirmar que no todo lo que sucedió, por los efectos de los que llegamos por el Mariel, fue negativo para la ciudad. Miami hoy día es una ciudad pujante, a la que aspiran llegar, no solo los cubanos, sino personas de toda la América y otras parte del mundo.
Es verdad que a través del Mariel vinieron muchos cubanos de muy mala conducta. También vinieron otros que fueron obligados por el gobierno para que salieran del país. A muchos vi llorar preguntándose que a qué venían a Estados Unidos. Pero también vinimos miembros de familias que por alguna razón nos habíamos quedado rezagados en la isla. Profesionales que vinimos a ser útiles en el gran país, que después de 35 años, ya es nuestro también. Al que amamos con el mismo amor que amamos a la tierra que nos vio nacer y que esperamos algún día poderla visitar con la frente muy en alto, conscientes de que un día nos llamaron “escorias” y al llegar a USA nos llamaron “marielitos”. 

viernes, 8 de mayo de 2015

Llaman a nuestro grupo… (5) (6) (7)



¡Casi no podíamos creer que nos estaban llamando por los altavoces! Allí había personas que llevaban muchos días esperando y nada. Entramos a aquella oficina. Había milicianos por todas partes y con caras de pocos amigos. Separaron a los hombres de las mujeres. Unos para un lado, otros para otro. Siempre en “fila” y “rápido” como si hubiéramos sido animales de corral. Las milicianas que registraban a las mujeres hacían como un tipo de juego “macabro con los ojos” para ver a cuál de nosotras nos tocaba la “suerte” de registrarnos íntimamente y ver si teníamos algo escondido en la vagina. Todo lo hacían para humillar, para vejarnos hasta más no poder. Pero en medio de todo… había logrado sacar mi sortija de compromiso escondida debajo de la lengua. Sortija que conserva una de mis hijas hoy día.
   En esa oficina nos pidieron el dinero que teníamos. Pensamos que era para los papeles de salida que nos iban a entregar y al preguntarles por los papeles nos dijeron de la manera más cruel: “Ustedes no son nadie. Son la escoria de este país y van a llegar a los Estados Unidos sin nombre”.
   De aquella oficina nos llevaron en “fila” por un patio trasero hasta los ómnibus. Subimos al ómnibus pensando que ya íbamos para el Mariel para encontrarnos con nuestros familiares que nos estaban esperando en la embarcación. Pero todavía no era ese el momento. Tenían que seguir torturando a la “escoria”…

La llegada a un lugar infernal: “El Mosquito”  (6)

Si el Abreu Fontán había sido una visión dantesca… “El Mosquito” era un lugar mil veces peor. Había llovido y todo estaba lleno de fango muy negro. Había cercas de alambres de púas resguardadas por unos perros inmensos que “no ladraban”. Tenían ojos diabólicos y el hocico listo para destrozar al humano al que sus “amos” le dieran la orden de atacar. Bendito sea Dios que a ninguno de nosotros nos atacaron aquellas bestias y tampoco nos tocó ver cuando lo hicieron. Habría sido terrible que mis pequeñas hijas contemplaran un cuadro así a su corta edad. En medio de toda aquella odisea tratamos de que ellas sufrieran lo menos posible para que no quedaran marcadas para siempre.
   En “El Mosquito” tampoco había nada para comer. Los que estaban allí nos dijeron que una vez al día hacían un revoltillo de huevos, que algunas veces incluía los “cascarones” y en ocasiones servían arroz blanco sin sal y sin grasa.
   Había una llave para el agua a muy poca altura del suelo, donde había que agacharse en el fango para tomar agua juntando las manos, como formando un vaso. Como había tanto calor, el agua que salía por aquella llave era completamente tibia y con mal sabor.
   Para mi entender hoy día, “El Mosquito” fue la antesala del Mariel. El lugar donde el Gobierno de Cuba estaba mezclando a los que se habían asilado en la Embajada del Perú. A los enfermos mentales, a los que habían tomado como vagos en las calles y a los presos que estaban sacando de las cárceles. Los cubanos a los que nos habían ido a buscar nuestros familiares y los demás cubanos estábamos divididos por las sendas “cercas de púas” resguardadas por los “perros que no ladraban” que les conté al principio. Allí en aquellas condiciones infrahumanas pasamos una noche. Al día siguiente seguía nuestro viaje.

Al fin: Rumbo al Puerto del Mariel (7)

¡Otra vez la llamada por los altavoces! ¡Otra vez en… “fila” y “rápido”! Todos sabíamos el número del grupo al que pertenecíamos y al ómnibus que debíamos subir. No recuerdo el tiempo que transcurrió entre “El Mosquito” y el “Mariel” pero no fue un viaje muy largo. El cansancio comenzó a hacer mella en todos nosotros. Teníamos cansancio, hambre, sed, calor, dolor de ver cómo nos trataban en nuestra tierra.
   Al fin alguien grito: ¡Ya llegamos! Se detiene el ómnibus nos dan la orden de bajar en “fila” y esta vez… mucho más “rápido”. ¡Lo que había en el puerto no tenía nombre! Cientos de embarcaciones pegadas al muelle. Otras miles ancladas a la distancia. Los barcos de guerra bordeando la bahía. Milicianos y perros que “no ladraban” por todas partes. La orden de que nadie se saliera de las “filas” porque nos podíamos perder en aquella multitud y no encontrar a nuestros familiares.
   Un miliciano se acerca al grupo y nos dice: “En ese barco están sus familiares”. La embarcación se llamaba el “Miss Sally”. Un barco camaronero que tenía capacidad para una tripulación de solo 6 personas. Al acercarnos al camaronero llamé a mi hermano David para que levantara las manos y así poderlo reconocer dentro de aquella multitud. No veía a mi hermano desde que él tenía 12 años de edad. David levantó las manos y comenzamos a subir al barco lo más rápido que pudimos. El encuentro con mi hermano, con mis primos y con la mama de mi tío fue muy emotivo, pero no tuvimos mucho tiempo para saludarnos. ¡Todo era bajo presión! Una cosa tengo grabada en mi mente de ese momento: “Cuando entré al “Miss Sally”, asquerosos como estábamos, sentí olor a “Limpieza”. Olor a “Libertad”. Habían limpiado el barco con un “olor exquisito” que en aquel momento no sabía qué clase de limpiador era y que me acompaña hasta hoy día: “Pinesol” con su olor original. Cuando subimos al barco en la parte de atrás del mismo había muchos hombres desconocidos. Hombres con cabezas rapadas. Otros llenos de tatuajes. Enfermos mentales que se estaban babeando y que no sabían lo que estaba sucediendo. Quizás estaban sedados. Otros gritaban que no se querían ir...

jueves, 30 de abril de 2015

Llegamos al Abreu Fontán (4)



Al llegar a aquel lugar: “La visión era dantesca”. ¡Causaba espanto! Miles de compatriotas sentados en la hierva a la intemperie. Al entrar en las oficinas del lugar fue cuando nos ocurrió un hecho doloroso: “A mi primo Wandy, al que yo había llevado en mis piernas desde Banes hasta La Habana, no lo dejaron salir del país y tenía que regresar solo para Oriente”. ¡Cuánto dolor al tenerme que despedir de él y no tener ni idea de lo que le tocaría pasar en su regreso!
   Al despedirnos de Wandy… comenzó lo que sería la vida en un “campo de concentración cubano”. En aquel lugar “hermoso por naturaleza” se estaban cometiendo los atropellos y las torturas mentales más grandes que un ser humano pueda imaginarse. No había agua para tomar y mucho menos para darse un baño. Solo vendían malta y emparedados de jamón y queso en algunas ocasiones durante el día. Pero nos decían que teníamos que guardar el dinero para “pagar por los papeles” que nos entregarían a nuestra salida. Por esta razón si lográbamos comprar un par de emparedados, los dividíamos en 6 partes iguales para así poder comer un pedacito cada uno de nosotros.

"Ya no había “punto de retorno”. Si regresábamos a Banes, 
ya no teníamos casa, ni trabajo, ni manera alguna de
 podernos mantener en nuestra tierra".

   Ya no había “punto de retorno”. Si regresábamos a Banes, ya no teníamos casa, ni trabajo, ni manera alguna de podernos mantener en nuestra tierra. Teníamos que seguir adelante. Entre aquel tumulto de personas buscamos un lugar donde sentarnos para esperar el día en que nos llamaran por “grupos” y por “números”. Bajo la amenaza de que si no escuchábamos cuando nos llamaran “perdíamos la oportunidad de salir del país” y teníamos que regresar al lugar de donde habíamos venido.
   Se podrán imaginar aquel cuadro: “Mis hijas, una de 11 y otra de 10 años acostumbradas a la comodidad de su casa, ahora tendrían que dormir a la “luz de la luna”, sin nada que las protegiera. Ya que al salir de casa, solo pudimos llevarnos la ropa que traíamos puesta. Llegó la primera noche… por estar a la orilla del mar había todo tipo de insectos. Recuerdo que yo no dormía para estarle quitando los insectos de encima a mis hijas para que no me las picaran. Al llegar la mañana había la necesidad de ir al baño. Pero allí no había baños decentes que la “escoria” pudiera usar. Habían improvisado unos baños con cajones de madera y era tanta la suciedad que había en aquel lugar que daba asco, el orine y el excremento campeaban por su respeto. Entonces teníamos que ir a los arrecifes a la orilla del mar para hacer nuestras necesidades.
   En aquel lugar nos encontrábamos a muchas personas conocidas de nuestro Banes, que también nos contaban todo lo que habían pasado. Algunos habían sido golpeados, a otros les habían echado los perros. Las historias eran “increíbles” pero “ciertas”. Allí entre aquella multitud me tocó reconocer al hermano de un tío mío. Lo reconocí por la foto que yo había visto de los quince años de mi tía, donde aparecían mi tío y su hermano junto a ella. Enseguida fui a hablar con él y con su esposa y le dije quien era yo. Asombrado de que lo hubiera reconocido solo por la foto, nos saludamos y regresé al lugar que teníamos en la hierva.
   En aquel campo de concentración había personas que se enfermaron debido a las condiciones del lugar. Niños con fiebre y llorando. Ancianos que casi no podían caminar. Hombres sin camisa porque habían tenido que romperlas para que sus esposas o madres, las usaran como íntimas.
   En medio de todo aquel horror pasaron cuatro días y cuatro noches. Para la segunda noche, mis primos Gogui y Guillermo que también estaban esperando salir en el mismo barco que nos había ido a buscar y que se metían hasta por el ojo de una aguja, nos consiguieron unas cajas de cartón que se convirtieron en la cama de las niñas. 

Nuestra situación dentro de la isla (3)



Una mañana del mes de mayo llegué a la escuela donde trabajaba (José Tey, en Banes) y en la que también estudiaban mis dos hijas. Cual no sería mi sorpresa cuando llegué a la dirección de la escuela como de costumbre y me llama la directora (que era muy amiga mía) y me dice: “Espérate que tengo que hablar contigo. No vayas para tu aula. Vino Seguridad del Estado para avisarme que tu hermano está en el Mariel porque vino a buscarte. Viene un grupo para acá para hacerte un “acto de repudio” aquí en la escuela y no quiero que pases por esa humillación. Voy a buscar a las niñas para que te vayas antes de que llegue el grupo”. Enseguida llegó con mis dos hijas y bajé las escalinatas de la escuela los más rápido que pudimos. Vivíamos en la Compañía y eso quedaba un poquito lejos de la escuela.
   Por su parte, esa misma mañana, el padre de mis hijas que era profesor en Héroes de Girón, también en Banes, recibió la misma noticia que yo había recibido de parte de la directora de la escuela que era muy amiga de nosotros. Al poco rato todos nos encontramos en la casa, asombrados con lo que nos estaba sucediendo. Nos habíamos salvado de los “actos de repudio” que se pusieron tan de moda en aquellos días para los que abandonábamos el país.
   A esa hora ya no teníamos trabajo ninguno de los dos. Habíamos entrado en el grupo de la “escoria”. Ese fue el sobrenombre que nos pusieron en la tierra que nos vio nacer. Teníamos que quedarnos en la casa hasta que Seguridad del Estado nos fuera a buscar. A las pocas horas llegó un agente de seguridad explicándonos que mi hermano estaba en el Mariel y que venía a buscarnos pero que solo me podía ir yo y una de mis hijas.
   Cuando oí aquello mi corazón me dio un vuelco en el pecho y con toda la firmeza que pude, le dije: “Fíjese que no. En esta casa somos 6 personas y todos nos vamos juntos. Por nada del mundo dejo a una de mis hijas atrás”. Para esa hora ya mis padres se habían comunicado conmigo y me habían dicho que en la lista de David, estábamos los 6: Mis dos hijas, mis suegros, el padre de mis hijas y yo.
   Creo que aquel hombre vio tanta furia en mis ojos que no volvió a mencionar que yo tenía que irme solo con una hija. Pero en ese mismo momento comenzó lo que fue toda una tortura. El agente nos dijo que habíamos vendido una moto hacía unos meses y que la única manera de irnos todos era que les entregáramos la moto. Imagínense ustedes: “La moto la habíamos vendido hacía como seis meses y aquella era la condición que nos ponían para salir del país”. Así fue como nos fuimos hasta Boca de Samá a buscar al hombre al que le habíamos vendido la moto para rogarle que nos la vendiera. Aquel hombre accedió y fuimos directamente al Departamento de Policía de Banes a entregarla. Cuando lo hicimos nos dijeron que regresáramos para la casa que los agentes regresarían de nueva cuenta.
   Pasó toda una noche. Teníamos los nervios de punta. En otras partes del barrio había otras personas “escorias” igual que nosotros y les estaban haciendo “actos de repudio”. Los actos de repudio consistían en ir a las casas o a los centros de trabajo para insultar a los que habían decidido dejar el país. A muchos los golpearon, les tiraron huevos, piedras y le echaron los perros. Esa noche vinieron personas de otros barrios para hacernos el acto de repudio. Solo nos tiraron algunos huevos y ni nuestro perro les hizo caso. En ese grupo no había ninguno de nuestros vecinos cercanos. Nos queríamos demasiado y de ellos solo recibimos palabras de aliento y respeto.
   Al otro día temprano llegaron los agentes para acabar de chequear todo y ponerle el sello a la puerta como muestra de que ya no podíamos volver a entrar a la casa.
   Ya teníamos rentado un carro para salir desde Banes hasta La Habana. Nos despedimos de nuestros vecinos entre abrazos y llantos. Allí hubo solamente muestras de amor. Nadie de otros barrios se atrevió a hacernos ninguna maldad. Tengo guardado ese recuerdo en mi memoria como si lo estuviera viviendo en estos mismos momentos. ¡Tantas personas queridas quedaban atrás, tantos recuerdos vividos! También nos dolía en el alma tener que dejar a nuestro perro “Doggie”, un pastor alemán legítimo, inteligente como una persona…
   Una cosa también quedó grabada en mi memoria para siempre. Recuerdo que cuando íbamos en el carro pasando sobre el puente que divide al pueblo de Banes de la Compañía, unos hombres que estaban allí nos gritaron: ¡Qué se vaya la escoria! ¡Fuera la escoria!
En el carro íbamos nosotros 6, el chófer y mi primo Wandy con solo 15 años. A quien llevé en mis piernas todo el viaje, con el único deseo de que lo dejaran salir del país, pues él estaba en la lista de uno de mis primos que nos estaban esperando en el Puerto del Mariel...