El capitán del barco había calculado que llevaría de regreso a los
Estados Unidos, unos 150 familiares más o menos. Lo triste del caso fue que no
dejaron salir a todos los familiares que fueron a buscar. Con horror, el
capitán y su tripulación vieron como le llenaron el barco con 350 personas. A
pesar de sus negativas le habían sobrecargado la embarcación con 200 personas
más de lo que habían calculado.
El capitán recibió la orden de salir por los altavoces del puerto y así
sobrecargados con personas hasta en los almacenes donde se guardan los
camarones, en el techo y en todas las partes, comenzaron a mover la
embarcación. Pero resulta que estaba atascada en el muelle debido a la
sobrecarga. Todos estábamos de pie. No había espacio para sentarnos. Pero al
fin logramos zarpar rumbo a Cayo Hueso.
A unas pocas millas de la costa el capitán dijo por los altavoces del
“Miss Sally”: “Miren hacia la costa y
despídanse de su país”. Fue un momento difícil para todos ver como la costa
se iba alejando lentamente. El barco iba muy despacio a muy pocos “nudos” (a una milla náutica por hora). El capitán estaba consciente
de que el motor de su embarcación se podía fundir.
Así despacio, nos adentramos en el Estrecho de la Florida y de un
momento al otro el mar se puso bravo. El capitán nos dio la orden de que todos
teníamos que sentarnos, como fuera, porque él necesitaba bajar los
estabilizadores de la embarcación para que soportara la tormenta. Nos sentamos como
pudimos para que el capitán pudiera realizar la maniobra. Olas de 12 pies de
altura comenzaron a embatir al Miss Sally. El barco subía las olas y descendía
desde esa altura cayendo de plano al mar. Pensamos que íbamos a hundirnos. Daba
horror ver las profundidades tan negras que estaban ante nuestros ojos. Aquel
oleaje tan fuerte trajo como consecuencia que la mayoría de las personas se
marearan y comenzaran a vomitar. Había vómitos de “bilis” por todas partes.
Digo bilis porque nadie tenía nada en el estómago que pudiera vomitar. La peste
se hizo insoportable. El piso muy resbaloso y las personas que se inclinaban en
los costados del barco, corrían el riesgo de caerse al mar. Unas 8 o 10
personas fuimos las únicas que no nos mareamos y comenzamos a ayudar a los
demás para evitar que se cayeran al agua. Entonces, nos parábamos en los postes
que estaban en los costados del barco para apoyar la cabeza y poder agarrar por
el cuello de las camisas e inclinar a las personas para que vomitaran y no
cayeran al mar. Ahí en medio de aquel peligro todos estábamos unidos. Presos,
enfermos mentales, los que se habían asilado en la Embajada del Perú,
familiares. Todos estábamos enfrentando el mismo peligro y la unidad del cubano
se hizo muy evidente. Recuerdo que le pedí a dos que se habían asilado en la
embajada que me cuidaran a mis hijas para yo poder ayudar a los demás y lo
hicieron con mucho gusto. El padre de mis hijas, el abuelo y la abuela también
tenían mareos y vómitos. Esa odisea duró un buen rato. Había lamentos por todas
partes y muchos estaban desfallecidos.
Al poco rato cuando habían pasado las fuertes olas. Un barco que venía
detrás de nosotros estaba a punto de hundirse. De inmediato el capitán nos
vuelve a hablar y nos explica que por “leyes del mar”, no se puede abandonar a
un barco que esté a punto de zozobrar. Amarran a nuestro barco al otro con 250
personas abordo. Por esta razón el Miss Sally comienza a ir aún más despacio.
Estaba sobrepasando totalmente su capacidad. Así seguimos un buen trecho, entre
más despacio íbamos más tardaríamos en llegar a Cayo Hueso.
En medio de aquella otra odisea una lancha con 25 personas se estaba
hundiendo. Escuchábamos voces pidiendo auxilio, en medio de la inmensidad del
mar. A unos los veíamos a otros no. Otra vez el capitán habla y nos informa que
tienen que salvar a las personas de la pequeña lancha. Por las mismas razones
que nos había explicado anteriormente. Muchos cubanos perdieron la vida al
cruzar el Estrecho de la Florida. ¡No sé cuántos! Pero estoy segura que en
algún lugar tiene que haber algún récord de las vidas que se perdieron en el
Éxodo del Mariel de 1980.
Nuestra travesía hacia Cayo
Hueso duró 18 horas en total (9)
¡Al fin! ¡Llegamos a las costas de Cayo Hueso! ¡No dábamos crédito a lo
que veían nuestros ojos! Cuando atracamos al muelle unos gritaban. Otros
levantaban las manos. Todos dábamos gracias a Dios porque habíamos llegado a
tierra de libertad y con vida, después de tantos horrores vividos.
En esos momentos no sé dónde estaban mis primos, mi hermano David y la
mamá de mi tío. Los volvería a ver unos días después. Tony y Manolete habían
cumplido con una misión muy hermosa como exiliados cubanos que vivían en Miami.
Así como mi hermano que vivía en Albuquerque y la mamá de mi tío en California,
que por amor fueron a buscar a sus seres queridos a la isla para traernos al
país que nos daba la mejor de las bienvenidas.
Nos fueron bajando uno a uno del Miss Sally. La guardia norteamericana
completamente uniformada nos daba la bienvenida y nos ayudaban a subir al
muelle.
Era como ser el protagonista de una película. Estábamos como envueltos
por una nebulosa. Estoy consciente de que Dios nos envuelve en ese tipo de
nebulosa cuando las cosas son demasiado difíciles de asimilar. Todo pasaba tan
rápido. Todo era tan lindo y sobre todo el trato. Ya habían ómnibus en el
muelle de Cayo Hueso que nos estaban esperando para llevarnos a una base
militar. Recuerdo la inmensidad de aquel lugar cuando llegamos. Lo primero que
hicieron fue entregarnos unas bolsas de plástico con todo lo que necesitábamos
para darnos una buen baño. Nos dieron ropa limpia. Una comida caliente y un
catre verde olivo para que descansáramos. ¡Aquel catre nos supo a gloria!
¡Cuántos días sin poder cerrar los ojos tranquilamente en un lugar seguro! En
esa base pasamos una noche. Al otro día salimos rumbo a Miami. Recuerdo
claramente lo bello del paisaje entre Cayo Hueso y Miami y la alegría de todos
los que íbamos en aquel ómnibus militar.
Rumbo al “Orange Bowl” lugar
que habían convertido en un refugio (10)
¡Llegamos al inmenso estadio Orange Bowl! ¡Habíamos visto tantas cosas
en los últimos días! Pero esta no era una visión dantesca. Era un refugio lleno
de amor y buen trato. La comunidad cubana de Miami había donado ropa y zapatos.
Y era tal la cantidad que había allí que no había que matarse para coger lo que
uno necesitaba.
También había muchas carpas que daban sombra a los que habíamos
llegado. En fin, había protección en contra de las inclemencias del tiempo…
Había duchas, jabón, champú. Todo lo que necesitábamos para la higiene
personal. Además comida caliente y catres donde dormir.
Estábamos rodeados por cercas de alambre. Pero no de “púas” ni había
perros “que no ladraban”. Nos llamaban por los altavoces del estadio para que
saliéramos al exterior para ver a través de la cerca a los familiares que nos
iban a ver para darnos la bienvenida. Allí me tocó ver a muchos seres queridos
que no veía desde pequeña. Recuerdo las sonrisas de todos ellos. Increíblemente
muchos ya se nos adelantaron en el camino. Seres muy especiales que estuvieron
en el seno de nuestra querida y gran familia.
En el Orange Bowl estuvimos unos dos días. Hasta que mi hermano David
por medio de un abogado consiguió un salvoconducto para sacarnos de allí y
llevarnos a casa de mis padrinos, quienes nos tendrían en su casa hasta que
tuviéramos el vuelo para seguir nuestro viaje hasta Albuquerque, Nuevo México.
En casa de mis padrinos en
Hialeah, Florida (11)
Recuerdo con claridad el momento que llegamos a casa de mis padrinos.
La bondad de aquellas dos personas tan queridas y que hacía tantos años que no
veía. No se cansaban de cubrirnos de atenciones, de regalos, de cariño, de
cosas que no habíamos comido en años. ¡Jamás he olvidado tanta bondad!
También recuerdo que cuando salí al patio de la casa de mis padrinos
estaba tan confundida que cuando los aviones pasaban por encima de la casa, yo
no sabía si estaba en Cuba o en Miami. Era demasiado todo lo que habíamos
pasado y mi mente se confundió por completo. Fue un momento difícil al pensar que
quizás me estaba volviendo loca.
A casa de mis padrinos fueron muchas personas de la familia y amistades
a visitarnos y a llevarnos algún regalito. Casi todos de dinero para ayudarnos
a encaminarnos en nuestra nueva vida. A todos los recuerdo, los quiero y los
querré siempre. En aquel amor familiar pasamos dos días antes de continuar
nuestro viaje.
Llegó la hora de partir para
nuestro destino final: “Albuquerque” (12)
Partimos de Miami rumbo a Albuquerque. Veníamos en el avión, mi hermano
David, el padre de mis hijas, mis dos hijas y yo. Los abuelos se habían quedado
por un tiempo en Miami a petición del hermano de mi suegra y de su cuñada.
En el Aeropuerto Internacional de Albuquerque nos estaban esperando
mami, papi, mi hermano menor, un grupo inmenso de la comunidad cubana de
Albuquerque y el periódico de la ciudad, el “Albuquerque Journal”. Éramos la
primera familia que llegaba a la ciudad por medio del Puente Marítimo del
Mariel.
Debido a la altura de Albuquerque, los nervios, las emociones y todo lo
vivido también tuvo que ir al aeropuerto una ambulancia para darme oxígeno pues
yo no podía respirar.
El encuentro con mis padres fue increíble. A mami la había visto el año
anterior pues ella había ido de visita a Cuba por medio de las visitas de la
“comunidad” pero a papi y a mi hermano no los veía desde hacía 12 años.
Recuerdo que cuando ya pude respirar había un chico alto y delgado al lado mío que
me miraba asombrado y le pregunté a mami: ¿Quién es él? Y ella me contestó: “Es
tu hermano hija”. Había dejado de ver a mi hermano menor cuando tenía solo 5
años. Y ya en aquel tiempo tenía 17.
Rumbo a casa de mis padres
ya en Albuquerque (13)
Después de la bienvenida en el aeropuerto habían organizado una comida
en casa de mami y papi. Todos los cubanos amigos de mis padres que estaban en
el aeropuerto también fueron para la casa junto a nosotros.
Recuerdo que nos fuimos para la casa en el carro de una amiga de la
familia. Ella salió del aeropuerto y cogió la calle Gibson hasta San Mateo y de
ahí todo San Mateo hacia el norte hasta llegar a la casa. ¡Recuerdo lo grande
que veíamos esas dos calles! ¡Y lo lejos que se nos hizo el viaje! Pero no era
tan lejos. Solo que apenas era la primera vez que pasábamos por esas calles.
Esa misma noche acabada de llegar a casa de mis padres, supe por
primera vez que ya no nos llamaban “escoria”. Ahora nos llamaban “marielitos”.
Tuve una discusión esa misma noche con uno de los amigos de mi familia.
Quien me dijo que “todos los que habíamos venido por el Mariel éramos unos
sinvergüenzas”. Cuando escuché aquello se me subió la “bilirrubina” a lo que le
contesté: “Usted está muy equivocado. No todos los que vinimos por el Mariel
somos eso que usted dice. Se lo voy a demostrar con el tiempo”. Aquel hombre de
sombrero, de cabello negro y fuerte como un roble, es un amigo entrañable al
que le demostré con creces que yo no era como él me había dicho. Tanto él como
toda su familia y demás cubanos, formamos hoy día una bella familia en “La
Tierra del Encanto”.
El precio que tuvimos que
pagar por ser los llamados “marielitos” (14)
Llegamos a Albuquerque el 25 de mayo de 1980 ignorando el precio que
tendríamos que pagar por ser “marielitos”. En Cuba no nos querían porque éramos
la “escoria” del país y al llegar a Estados Unidos nos habíamos convertido en
“marielitos” y tampoco todos nos querían. Si terrible había sido ser una cosa,
la otra era terrible también. Todos nos miraban con desconfianza. Por unas
“malas cabezas”, estábamos pagando los que habíamos venido a trabajar y a
forjarnos un mejor futuro en Estados Unidos. El padre de mis hijas encontró
trabajo gracias a unos amigos cubanos que le dieron la oportunidad de trabajar.
Quienes eran dueños de una cartonera en Albuquerque.
Yo por mi parte encontré trabajo en una fábrica de comidas mexicanas.
Donde todos los alimentos que se procesaban eran a base de “chile”, algo que
jamás había probado, y que me hacía llorar constantemente.
En aquella fábrica pasé todo tipo de humillaciones. Me ponían en la
línea donde se procesaban las cajas con 12 burritos, 6 arriba, un plástico y 6
abajo. Pero había una mujer que no me quería y llamaba al supervisor y le
decía: “Esa mujer cubana que usted tiene en la línea no sabe contar hasta el
12. Unas veces pone 11 burritos en la caja y otra veces 13. Pero nunca acierta
a poner 12”. Resulta que la mujer le sacaba o le ponía burritos a las cajas que
yo preparaba pues ella era la que tenía la tarea de sellar las cajas al final
de la línea de producción. Solo lo hacía para buscarme problemas con el
supervisor y de esa forma lograr que me votaran del trabajo.
Por cosas del destino y por aprovechar todas las oportunidades que se
me presentaron en mi nueva ciudad y de las que les contaré más adelante en mi
libro. Llegué a ser la editora general del Periódico Oficial en Español del
Estado de Nuevo México.
Un viaje a Miami a una
convención de periodismo (15)
Corría el año de 1989 y se celebraría en Miami una convención de
periodismo con representantes de los diferentes estados y algunas partes del
mundo. El Condado Dade de Miami envía una invitación al periódico y el dueño
del mismo me selecciona para que yo fuera como representante del periódico a
dicha convención.
La Ciudad de Miami había sido invadida por nosotros los famosos “marielitos”
en 1980. Justo 9 años antes. Realmente había sido terrible la situación de la
ciudad cuando casi el 50% de los que habíamos venido por el Mariel se habían
quedado a vivir en Miami. Las cosas en contra de los “marielitos” estaban
todavía a esa fecha en pleno furor. Muchos ciudadanos de Miami nos habían
aceptado. Pero otros, cubanos igual que nosotros, con solo escuchar el nombre
de “marielitos” se ponían furiosos.
Ese era el caso de las personas que nos servían de guía en los
diferentes puntos de la ciudad de Miami que visitamos en aquella ocasión.
Recuerdo que un día al estar paseando en un inmenso yate de lujo por la Bahía
de Miami y siendo atendidos como reyes. Salió la conversación de los “marielitos”.
Los guías nos explicaron a todos lo que había sucedido en Miami durante esos
años y lo que todavía seguía sucediendo. Yo me quedé en silencio. Les aseguro
que si llego a decirles que había venido por el Mariel, me hubieran tirado al
fondo de la bahía con ancla y todo para que no pudiera salir otra vez a la
superficie. Es más, aún en este año de 2015; 35 años después del Éxodo del
Mariel, hay quienes se ponen “alerta” cuando escuchan la palabra “marielitos”.
Al mirar hacia atrás y ver lo que ocurrió en la Ciudad de Miami, puedo
afirmar que no todo lo que sucedió, por los efectos de los que llegamos por el
Mariel, fue negativo para la ciudad. Miami hoy día es una ciudad pujante, a la
que aspiran llegar, no solo los cubanos, sino personas de toda la América y
otras parte del mundo.
Es verdad que a través del Mariel vinieron muchos cubanos de muy mala
conducta. También vinieron otros que fueron obligados por el gobierno para que
salieran del país. A muchos vi llorar preguntándose que a qué venían a Estados
Unidos. Pero también vinimos miembros de familias que por alguna razón nos
habíamos quedado rezagados en la isla. Profesionales que vinimos a ser útiles
en el gran país, que después de 35 años, ya es nuestro también. Al que amamos
con el mismo amor que amamos a la tierra que nos vio nacer y que esperamos
algún día poderla visitar con la frente muy en alto, conscientes de que un día
nos llamaron “escorias” y al llegar a USA nos llamaron “marielitos”.