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viernes, 15 de mayo de 2015

La salida del Puerto de Mariel (8)


El capitán del barco había calculado que llevaría de regreso a los Estados Unidos, unos 150 familiares más o menos. Lo triste del caso fue que no dejaron salir a todos los familiares que fueron a buscar. Con horror, el capitán y su tripulación vieron como le llenaron el barco con 350 personas. A pesar de sus negativas le habían sobrecargado la embarcación con 200 personas más de lo que habían calculado.
El capitán recibió la orden de salir por los altavoces del puerto y así sobrecargados con personas hasta en los almacenes donde se guardan los camarones, en el techo y en todas las partes, comenzaron a mover la embarcación. Pero resulta que estaba atascada en el muelle debido a la sobrecarga. Todos estábamos de pie. No había espacio para sentarnos. Pero al fin logramos zarpar rumbo a Cayo Hueso.
A unas pocas millas de la costa el capitán dijo por los altavoces del “Miss Sally”: “Miren hacia la costa y despídanse de su país”. Fue un momento difícil para todos ver como la costa se iba alejando lentamente. El barco iba muy despacio a muy pocos “nudos” (a una milla náutica por hora). El capitán estaba consciente de que el motor de su embarcación se podía fundir.
Así despacio, nos adentramos en el Estrecho de la Florida y de un momento al otro el mar se puso bravo. El capitán nos dio la orden de que todos teníamos que sentarnos, como fuera, porque él necesitaba bajar los estabilizadores de la embarcación para que soportara la tormenta. Nos sentamos como pudimos para que el capitán pudiera realizar la maniobra. Olas de 12 pies de altura comenzaron a embatir al Miss Sally. El barco subía las olas y descendía desde esa altura cayendo de plano al mar. Pensamos que íbamos a hundirnos. Daba horror ver las profundidades tan negras que estaban ante nuestros ojos. Aquel oleaje tan fuerte trajo como consecuencia que la mayoría de las personas se marearan y comenzaran a vomitar. Había vómitos de “bilis” por todas partes. Digo bilis porque nadie tenía nada en el estómago que pudiera vomitar. La peste se hizo insoportable. El piso muy resbaloso y las personas que se inclinaban en los costados del barco, corrían el riesgo de caerse al mar. Unas 8 o 10 personas fuimos las únicas que no nos mareamos y comenzamos a ayudar a los demás para evitar que se cayeran al agua. Entonces, nos parábamos en los postes que estaban en los costados del barco para apoyar la cabeza y poder agarrar por el cuello de las camisas e inclinar a las personas para que vomitaran y no cayeran al mar. Ahí en medio de aquel peligro todos estábamos unidos. Presos, enfermos mentales, los que se habían asilado en la Embajada del Perú, familiares. Todos estábamos enfrentando el mismo peligro y la unidad del cubano se hizo muy evidente. Recuerdo que le pedí a dos que se habían asilado en la embajada que me cuidaran a mis hijas para yo poder ayudar a los demás y lo hicieron con mucho gusto. El padre de mis hijas, el abuelo y la abuela también tenían mareos y vómitos. Esa odisea duró un buen rato. Había lamentos por todas partes y muchos estaban desfallecidos.
Al poco rato cuando habían pasado las fuertes olas. Un barco que venía detrás de nosotros estaba a punto de hundirse. De inmediato el capitán nos vuelve a hablar y nos explica que por “leyes del mar”, no se puede abandonar a un barco que esté a punto de zozobrar. Amarran a nuestro barco al otro con 250 personas abordo. Por esta razón el Miss Sally comienza a ir aún más despacio. Estaba sobrepasando totalmente su capacidad. Así seguimos un buen trecho, entre más despacio íbamos más tardaríamos en llegar a Cayo Hueso.
En medio de aquella otra odisea una lancha con 25 personas se estaba hundiendo. Escuchábamos voces pidiendo auxilio, en medio de la inmensidad del mar. A unos los veíamos a otros no. Otra vez el capitán habla y nos informa que tienen que salvar a las personas de la pequeña lancha. Por las mismas razones que nos había explicado anteriormente. Muchos cubanos perdieron la vida al cruzar el Estrecho de la Florida. ¡No sé cuántos! Pero estoy segura que en algún lugar tiene que haber algún récord de las vidas que se perdieron en el Éxodo del Mariel de 1980.

Nuestra travesía hacia Cayo Hueso duró 18 horas en total (9)

¡Al fin! ¡Llegamos a las costas de Cayo Hueso! ¡No dábamos crédito a lo que veían nuestros ojos! Cuando atracamos al muelle unos gritaban. Otros levantaban las manos. Todos dábamos gracias a Dios porque habíamos llegado a tierra de libertad y con vida, después de tantos horrores vividos.
En esos momentos no sé dónde estaban mis primos, mi hermano David y la mamá de mi tío. Los volvería a ver unos días después. Tony y Manolete habían cumplido con una misión muy hermosa como exiliados cubanos que vivían en Miami. Así como mi hermano que vivía en Albuquerque y la mamá de mi tío en California, que por amor fueron a buscar a sus seres queridos a la isla para traernos al país que nos daba la mejor de las bienvenidas.
Nos fueron bajando uno a uno del Miss Sally. La guardia norteamericana completamente uniformada nos daba la bienvenida y nos ayudaban a subir al muelle.
Era como ser el protagonista de una película. Estábamos como envueltos por una nebulosa. Estoy consciente de que Dios nos envuelve en ese tipo de nebulosa cuando las cosas son demasiado difíciles de asimilar. Todo pasaba tan rápido. Todo era tan lindo y sobre todo el trato. Ya habían ómnibus en el muelle de Cayo Hueso que nos estaban esperando para llevarnos a una base militar. Recuerdo la inmensidad de aquel lugar cuando llegamos. Lo primero que hicieron fue entregarnos unas bolsas de plástico con todo lo que necesitábamos para darnos una buen baño. Nos dieron ropa limpia. Una comida caliente y un catre verde olivo para que descansáramos. ¡Aquel catre nos supo a gloria! ¡Cuántos días sin poder cerrar los ojos tranquilamente en un lugar seguro! En esa base pasamos una noche. Al otro día salimos rumbo a Miami. Recuerdo claramente lo bello del paisaje entre Cayo Hueso y Miami y la alegría de todos los que íbamos en aquel ómnibus militar.

Rumbo al “Orange Bowl” lugar que habían convertido en un refugio (10)

¡Llegamos al inmenso estadio Orange Bowl! ¡Habíamos visto tantas cosas en los últimos días! Pero esta no era una visión dantesca. Era un refugio lleno de amor y buen trato. La comunidad cubana de Miami había donado ropa y zapatos. Y era tal la cantidad que había allí que no había que matarse para coger lo que uno necesitaba.
También había muchas carpas que daban sombra a los que habíamos llegado. En fin, había protección en contra de las inclemencias del tiempo… Había duchas, jabón, champú. Todo lo que necesitábamos para la higiene personal. Además comida caliente y catres donde dormir.
Estábamos rodeados por cercas de alambre. Pero no de “púas” ni había perros “que no ladraban”. Nos llamaban por los altavoces del estadio para que saliéramos al exterior para ver a través de la cerca a los familiares que nos iban a ver para darnos la bienvenida. Allí me tocó ver a muchos seres queridos que no veía desde pequeña. Recuerdo las sonrisas de todos ellos. Increíblemente muchos ya se nos adelantaron en el camino. Seres muy especiales que estuvieron en el seno de nuestra querida y gran familia.
En el Orange Bowl estuvimos unos dos días. Hasta que mi hermano David por medio de un abogado consiguió un salvoconducto para sacarnos de allí y llevarnos a casa de mis padrinos, quienes nos tendrían en su casa hasta que tuviéramos el vuelo para seguir nuestro viaje hasta Albuquerque, Nuevo México.

En casa de mis padrinos en Hialeah, Florida (11)

Recuerdo con claridad el momento que llegamos a casa de mis padrinos. La bondad de aquellas dos personas tan queridas y que hacía tantos años que no veía. No se cansaban de cubrirnos de atenciones, de regalos, de cariño, de cosas que no habíamos comido en años. ¡Jamás he olvidado tanta bondad!
También recuerdo que cuando salí al patio de la casa de mis padrinos estaba tan confundida que cuando los aviones pasaban por encima de la casa, yo no sabía si estaba en Cuba o en Miami. Era demasiado todo lo que habíamos pasado y mi mente se confundió por completo. Fue un momento difícil al pensar que quizás me estaba volviendo loca.
A casa de mis padrinos fueron muchas personas de la familia y amistades a visitarnos y a llevarnos algún regalito. Casi todos de dinero para ayudarnos a encaminarnos en nuestra nueva vida. A todos los recuerdo, los quiero y los querré siempre. En aquel amor familiar pasamos dos días antes de continuar nuestro viaje.

Llegó la hora de partir para nuestro destino final: “Albuquerque” (12)
Partimos de Miami rumbo a Albuquerque. Veníamos en el avión, mi hermano David, el padre de mis hijas, mis dos hijas y yo. Los abuelos se habían quedado por un tiempo en Miami a petición del hermano de mi suegra y de su cuñada.
En el Aeropuerto Internacional de Albuquerque nos estaban esperando mami, papi, mi hermano menor, un grupo inmenso de la comunidad cubana de Albuquerque y el periódico de la ciudad, el “Albuquerque Journal”. Éramos la primera familia que llegaba a la ciudad por medio del Puente Marítimo del Mariel.
Debido a la altura de Albuquerque, los nervios, las emociones y todo lo vivido también tuvo que ir al aeropuerto una ambulancia para darme oxígeno pues yo no podía respirar.
El encuentro con mis padres fue increíble. A mami la había visto el año anterior pues ella había ido de visita a Cuba por medio de las visitas de la “comunidad” pero a papi y a mi hermano no los veía desde hacía 12 años. Recuerdo que cuando ya pude respirar había un chico alto y delgado al lado mío que me miraba asombrado y le pregunté a mami: ¿Quién es él? Y ella me contestó: “Es tu hermano hija”. Había dejado de ver a mi hermano menor cuando tenía solo 5 años. Y ya en aquel tiempo tenía 17.

Rumbo a casa de mis padres ya en Albuquerque (13)

Después de la bienvenida en el aeropuerto habían organizado una comida en casa de mami y papi. Todos los cubanos amigos de mis padres que estaban en el aeropuerto también fueron para la casa junto a nosotros.
Recuerdo que nos fuimos para la casa en el carro de una amiga de la familia. Ella salió del aeropuerto y cogió la calle Gibson hasta San Mateo y de ahí todo San Mateo hacia el norte hasta llegar a la casa. ¡Recuerdo lo grande que veíamos esas dos calles! ¡Y lo lejos que se nos hizo el viaje! Pero no era tan lejos. Solo que apenas era la primera vez que pasábamos por esas calles.
Esa misma noche acabada de llegar a casa de mis padres, supe por primera vez que ya no nos llamaban “escoria”. Ahora nos llamaban “marielitos”.
Tuve una discusión esa misma noche con uno de los amigos de mi familia. Quien me dijo que “todos los que habíamos venido por el Mariel éramos unos sinvergüenzas”. Cuando escuché aquello se me subió la “bilirrubina” a lo que le contesté: “Usted está muy equivocado. No todos los que vinimos por el Mariel somos eso que usted dice. Se lo voy a demostrar con el tiempo”. Aquel hombre de sombrero, de cabello negro y fuerte como un roble, es un amigo entrañable al que le demostré con creces que yo no era como él me había dicho. Tanto él como toda su familia y demás cubanos, formamos hoy día una bella familia en “La Tierra del Encanto”.

El precio que tuvimos que pagar por ser los llamados “marielitos” (14)

Llegamos a Albuquerque el 25 de mayo de 1980 ignorando el precio que tendríamos que pagar por ser “marielitos”. En Cuba no nos querían porque éramos la “escoria” del país y al llegar a Estados Unidos nos habíamos convertido en “marielitos” y tampoco todos nos querían. Si terrible había sido ser una cosa, la otra era terrible también. Todos nos miraban con desconfianza. Por unas “malas cabezas”, estábamos pagando los que habíamos venido a trabajar y a forjarnos un mejor futuro en Estados Unidos. El padre de mis hijas encontró trabajo gracias a unos amigos cubanos que le dieron la oportunidad de trabajar. Quienes eran dueños de una cartonera en Albuquerque.
Yo por mi parte encontré trabajo en una fábrica de comidas mexicanas. Donde todos los alimentos que se procesaban eran a base de “chile”, algo que jamás había probado, y que me hacía llorar constantemente.
En aquella fábrica pasé todo tipo de humillaciones. Me ponían en la línea donde se procesaban las cajas con 12 burritos, 6 arriba, un plástico y 6 abajo. Pero había una mujer que no me quería y llamaba al supervisor y le decía: “Esa mujer cubana que usted tiene en la línea no sabe contar hasta el 12. Unas veces pone 11 burritos en la caja y otra veces 13. Pero nunca acierta a poner 12”. Resulta que la mujer le sacaba o le ponía burritos a las cajas que yo preparaba pues ella era la que tenía la tarea de sellar las cajas al final de la línea de producción. Solo lo hacía para buscarme problemas con el supervisor y de esa forma lograr que me votaran del trabajo.
Por cosas del destino y por aprovechar todas las oportunidades que se me presentaron en mi nueva ciudad y de las que les contaré más adelante en mi libro. Llegué a ser la editora general del Periódico Oficial en Español del Estado de Nuevo México.

Un viaje a Miami a una convención de periodismo (15)

Corría el año de 1989 y se celebraría en Miami una convención de periodismo con representantes de los diferentes estados y algunas partes del mundo. El Condado Dade de Miami envía una invitación al periódico y el dueño del mismo me selecciona para que yo fuera como representante del periódico a dicha convención.
La Ciudad de Miami había sido invadida por nosotros los famosos “marielitos” en 1980. Justo 9 años antes. Realmente había sido terrible la situación de la ciudad cuando casi el 50% de los que habíamos venido por el Mariel se habían quedado a vivir en Miami. Las cosas en contra de los “marielitos” estaban todavía a esa fecha en pleno furor. Muchos ciudadanos de Miami nos habían aceptado. Pero otros, cubanos igual que nosotros, con solo escuchar el nombre de “marielitos” se ponían furiosos.
Ese era el caso de las personas que nos servían de guía en los diferentes puntos de la ciudad de Miami que visitamos en aquella ocasión. Recuerdo que un día al estar paseando en un inmenso yate de lujo por la Bahía de Miami y siendo atendidos como reyes. Salió la conversación de los “marielitos”. Los guías nos explicaron a todos lo que había sucedido en Miami durante esos años y lo que todavía seguía sucediendo. Yo me quedé en silencio. Les aseguro que si llego a decirles que había venido por el Mariel, me hubieran tirado al fondo de la bahía con ancla y todo para que no pudiera salir otra vez a la superficie. Es más, aún en este año de 2015; 35 años después del Éxodo del Mariel, hay quienes se ponen “alerta” cuando escuchan la palabra “marielitos”.
Al mirar hacia atrás y ver lo que ocurrió en la Ciudad de Miami, puedo afirmar que no todo lo que sucedió, por los efectos de los que llegamos por el Mariel, fue negativo para la ciudad. Miami hoy día es una ciudad pujante, a la que aspiran llegar, no solo los cubanos, sino personas de toda la América y otras parte del mundo.
Es verdad que a través del Mariel vinieron muchos cubanos de muy mala conducta. También vinieron otros que fueron obligados por el gobierno para que salieran del país. A muchos vi llorar preguntándose que a qué venían a Estados Unidos. Pero también vinimos miembros de familias que por alguna razón nos habíamos quedado rezagados en la isla. Profesionales que vinimos a ser útiles en el gran país, que después de 35 años, ya es nuestro también. Al que amamos con el mismo amor que amamos a la tierra que nos vio nacer y que esperamos algún día poderla visitar con la frente muy en alto, conscientes de que un día nos llamaron “escorias” y al llegar a USA nos llamaron “marielitos”. 

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