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viernes, 8 de mayo de 2015

Llaman a nuestro grupo… (5) (6) (7)



¡Casi no podíamos creer que nos estaban llamando por los altavoces! Allí había personas que llevaban muchos días esperando y nada. Entramos a aquella oficina. Había milicianos por todas partes y con caras de pocos amigos. Separaron a los hombres de las mujeres. Unos para un lado, otros para otro. Siempre en “fila” y “rápido” como si hubiéramos sido animales de corral. Las milicianas que registraban a las mujeres hacían como un tipo de juego “macabro con los ojos” para ver a cuál de nosotras nos tocaba la “suerte” de registrarnos íntimamente y ver si teníamos algo escondido en la vagina. Todo lo hacían para humillar, para vejarnos hasta más no poder. Pero en medio de todo… había logrado sacar mi sortija de compromiso escondida debajo de la lengua. Sortija que conserva una de mis hijas hoy día.
   En esa oficina nos pidieron el dinero que teníamos. Pensamos que era para los papeles de salida que nos iban a entregar y al preguntarles por los papeles nos dijeron de la manera más cruel: “Ustedes no son nadie. Son la escoria de este país y van a llegar a los Estados Unidos sin nombre”.
   De aquella oficina nos llevaron en “fila” por un patio trasero hasta los ómnibus. Subimos al ómnibus pensando que ya íbamos para el Mariel para encontrarnos con nuestros familiares que nos estaban esperando en la embarcación. Pero todavía no era ese el momento. Tenían que seguir torturando a la “escoria”…

La llegada a un lugar infernal: “El Mosquito”  (6)

Si el Abreu Fontán había sido una visión dantesca… “El Mosquito” era un lugar mil veces peor. Había llovido y todo estaba lleno de fango muy negro. Había cercas de alambres de púas resguardadas por unos perros inmensos que “no ladraban”. Tenían ojos diabólicos y el hocico listo para destrozar al humano al que sus “amos” le dieran la orden de atacar. Bendito sea Dios que a ninguno de nosotros nos atacaron aquellas bestias y tampoco nos tocó ver cuando lo hicieron. Habría sido terrible que mis pequeñas hijas contemplaran un cuadro así a su corta edad. En medio de toda aquella odisea tratamos de que ellas sufrieran lo menos posible para que no quedaran marcadas para siempre.
   En “El Mosquito” tampoco había nada para comer. Los que estaban allí nos dijeron que una vez al día hacían un revoltillo de huevos, que algunas veces incluía los “cascarones” y en ocasiones servían arroz blanco sin sal y sin grasa.
   Había una llave para el agua a muy poca altura del suelo, donde había que agacharse en el fango para tomar agua juntando las manos, como formando un vaso. Como había tanto calor, el agua que salía por aquella llave era completamente tibia y con mal sabor.
   Para mi entender hoy día, “El Mosquito” fue la antesala del Mariel. El lugar donde el Gobierno de Cuba estaba mezclando a los que se habían asilado en la Embajada del Perú. A los enfermos mentales, a los que habían tomado como vagos en las calles y a los presos que estaban sacando de las cárceles. Los cubanos a los que nos habían ido a buscar nuestros familiares y los demás cubanos estábamos divididos por las sendas “cercas de púas” resguardadas por los “perros que no ladraban” que les conté al principio. Allí en aquellas condiciones infrahumanas pasamos una noche. Al día siguiente seguía nuestro viaje.

Al fin: Rumbo al Puerto del Mariel (7)

¡Otra vez la llamada por los altavoces! ¡Otra vez en… “fila” y “rápido”! Todos sabíamos el número del grupo al que pertenecíamos y al ómnibus que debíamos subir. No recuerdo el tiempo que transcurrió entre “El Mosquito” y el “Mariel” pero no fue un viaje muy largo. El cansancio comenzó a hacer mella en todos nosotros. Teníamos cansancio, hambre, sed, calor, dolor de ver cómo nos trataban en nuestra tierra.
   Al fin alguien grito: ¡Ya llegamos! Se detiene el ómnibus nos dan la orden de bajar en “fila” y esta vez… mucho más “rápido”. ¡Lo que había en el puerto no tenía nombre! Cientos de embarcaciones pegadas al muelle. Otras miles ancladas a la distancia. Los barcos de guerra bordeando la bahía. Milicianos y perros que “no ladraban” por todas partes. La orden de que nadie se saliera de las “filas” porque nos podíamos perder en aquella multitud y no encontrar a nuestros familiares.
   Un miliciano se acerca al grupo y nos dice: “En ese barco están sus familiares”. La embarcación se llamaba el “Miss Sally”. Un barco camaronero que tenía capacidad para una tripulación de solo 6 personas. Al acercarnos al camaronero llamé a mi hermano David para que levantara las manos y así poderlo reconocer dentro de aquella multitud. No veía a mi hermano desde que él tenía 12 años de edad. David levantó las manos y comenzamos a subir al barco lo más rápido que pudimos. El encuentro con mi hermano, con mis primos y con la mama de mi tío fue muy emotivo, pero no tuvimos mucho tiempo para saludarnos. ¡Todo era bajo presión! Una cosa tengo grabada en mi mente de ese momento: “Cuando entré al “Miss Sally”, asquerosos como estábamos, sentí olor a “Limpieza”. Olor a “Libertad”. Habían limpiado el barco con un “olor exquisito” que en aquel momento no sabía qué clase de limpiador era y que me acompaña hasta hoy día: “Pinesol” con su olor original. Cuando subimos al barco en la parte de atrás del mismo había muchos hombres desconocidos. Hombres con cabezas rapadas. Otros llenos de tatuajes. Enfermos mentales que se estaban babeando y que no sabían lo que estaba sucediendo. Quizás estaban sedados. Otros gritaban que no se querían ir...

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